Cuando celebramos sin preguntarnos demasiado
El 25 de diciembre se repite todos los años, casi siempre de la misma manera. Hay mesas largas, luces encendidas, mensajes que dicen “Feliz Navidad”, brindis, encuentros, ausencias que se notan más y emociones que aparecen sin aviso.
Muchas veces celebramos en automático. Repetimos gestos, palabras y rituales sin detenernos demasiado a pensar qué significan, de dónde vienen o por qué los hacemos. Y no está mal. Los rituales también existen para sostenernos.
Pero detenerse un momento a mirar el origen de esta fecha puede abrir otra cosa: la posibilidad de elegir. Elegir qué celebrar, cómo nombrarlo y desde qué lugar vivirlo.
¿Qué es la Navidad en su origen?
La Navidad es, en su origen, una celebración cristiana. Conmemora el nacimiento de Jesús de Nazaret, figura central del cristianismo, entendido como el Hijo de Dios hecho humano. Para quienes practican esta fe, el 25 de diciembre tiene un sentido profundamente religioso y espiritual.
Decir “Feliz Navidad” cobra todo su significado dentro de ese marco: es desear una celebración gozosa del nacimiento de Jesús y del mensaje que representa: amor, humildad, esperanza, encuentro.
Es importante decir esto con claridad, porque muchas veces la Navidad se presenta como una fiesta “universal”, cuando en realidad tiene un origen concreto y religioso. Reconocerlo no invalida otras formas de vivir el día, pero sí ordena el sentido de las palabras.
Los símbolos que componen la Navidad actual
Con el paso del tiempo, la Navidad fue incorporando símbolos que no nacieron en el cristianismo, sino que provienen de culturas, climas y rituales mucho más antiguos. Hoy conviven todos juntos, y conocer su origen ayuda a mirarlos con otros ojos.
– El arbolito de Navidad
El árbol decorado no surge del cristianismo. Su origen está ligado a culturas del norte de Europa, donde los árboles de hoja perenne simbolizaban la vida que resiste en pleno invierno. En épocas de solsticio, cuando los días eran más cortos y oscuros, el árbol verde representaba continuidad, esperanza y renovación.
– Las luces
Las luces aparecen como símbolo de iluminar la oscuridad. En el hemisferio norte, diciembre coincide con el momento de menor luz solar. Encender luces era una forma simbólica de acompañar el regreso progresivo del sol. Más allá del origen, hoy siguen representando abrigo, calor y presencia.
– La estrella
La estrella que suele colocarse en lo alto del árbol tiene múltiples lecturas. En la tradición cristiana, representa la estrella de Belén, guía de los Reyes Magos. Pero el símbolo de la estrella como orientación y camino es anterior y aparece en muchas culturas como referencia, dirección y sentido.
– Los regalos
Mucho antes del consumo moderno, el intercambio de regalos existía como ritual de vínculo y reciprocidad. Regalar era reconocer al otro, sellar alianzas, agradecer la presencia. Con el tiempo, este gesto se transformó y muchas veces se cargó de expectativas, pero su raíz es relacional, no comercial.
– Papá Noel
Papá Noel es una figura relativamente moderna, consolidada en el siglo XX. Combina tradiciones europeas, la figura de San Nicolás y una fuerte construcción cultural y comercial. No es un símbolo religioso, sino una representación ligada a la fantasía, la infancia y el imaginario contemporáneo.
– La mesa compartida
Compartir comida es uno de los rituales humanos más antiguos que existen. No pertenece a una religión específica. Sentarse a la mesa es reconocerse parte de un grupo, sostener el encuentro, hacer lugar al otro. Por eso, más allá del nombre que tenga la fecha, la mesa sigue siendo central.
El 25 de diciembre en Uruguay: Día de la Familia
Uruguay es un Estado laico desde principios del siglo XX. En ese marco, en 1919, el país definió oficialmente el 25 de diciembre como el Día de la Familia.
Este cambio de denominación no elimina ni prohíbe la celebración religiosa de la Navidad. Lo que hace es ampliar el sentido de la fecha, permitiendo que personas de distintas creencias —o sin creencias religiosas— puedan habitar el día desde otro lugar.
El foco pasa a estar en el encuentro, la convivencia y los vínculos, sin imponer una mirada única. Cada quien puede celebrar la Navidad, el Día de la Familia, ambas cosas o simplemente un día de reunión y descanso.
Entonces… ¿qué celebramos hoy?
La respuesta no es única, y no tiene por qué serlo. Hay quienes celebran la Navidad como una fecha religiosa, con todo el sentido que eso implica.
Hay quienes viven el 25 de diciembre como Día de la Familia, poniendo el foco en el encuentro. Hay quienes mezclan ambas cosas.
Y hay quienes eligen no celebrar, o hacerlo de una manera más íntima y personal.
Todas esas opciones conviven. La clave está en la conciencia, no en la corrección.
Saber qué se celebra, de dónde viene y qué significa permite que cada persona elija con más libertad, sin repetir por inercia ni rechazar por reacción.
Elegir palabras, rituales y encuentros con sentido
Conocer el origen de la Navidad y del Día de la Familia no quita magia. Al contrario: la ordena. Le saca ruido, expectativas ajenas y automatismos que muchas veces pesan más de lo que ayudan.
Decir “Feliz Navidad” cuando tiene sentido hacerlo.
Decir “feliz encuentro”, “feliz día”, o simplemente compartir silencio cuando eso es lo que hay.
Armar una mesa grande o quedarse en pequeño comité.
Encender luces, o apagarlas temprano.
Celebrar, al final, no es cumplir un formato. Es cuidar los vínculos, lo vivo, lo que nos reúne de verdad.
En Peppo creemos que mirar el origen de las cosas nos ayuda a habitarlas mejor. Que entender no enfría: da raíz. Y que los rituales, cuando se eligen con conciencia, se vuelven refugio en lugar de exigencia.
Que este 25 de diciembre sea lo que necesite ser para vos. Con presencia, con cuidado y con sentido.