Todo empezó antes de abrir los ojos
Hay preguntas que aparecen de golpe, otras, en cambio, se van formando despacio, casi sin que uno se dé cuenta.
A mí me pasó eso: Hace un tiempo empecé a mirar mi casa de otra manera. En realidad, empecé a mirar mi vida con otros ojos. No porque hubiera cambiado algo de manera radical, sino porque cambió la forma en la que la recorría.
Una mañana sonó la alarma del celular. Había que despertarnos y llevar a Piero al colegio. La apagué casi por reflejo y me levanté para empezar el día. Fui al baño, prendí la luz, abrí la canilla, puse agua para el mate y, mientras esperaba que calentara, agarré el teléfono para responder un mensaje.
Todo eso me llevó apenas unos minutos.
Era una mañana como cualquier otra, sin embargo, por primera vez me hice una pregunta que nunca antes se me había ocurrido.
¿Qué tuvo que pasar para que yo pudiera hacer todo eso?
No me refiero solamente a pagar una factura o comprar un teléfono. Me refiero a todo lo que ocurrió mucho antes de que cualquiera de esos objetos llegara a mi casa.
¿Quién fabricó ese celular? ¿De dónde salieron los materiales que lo componen? ¿Cómo llegó hasta Uruguay? ¿Qué infraestructura hace posible que un mensaje salga de mi cocina y llegue, en segundos, a otra parte del mundo? ¿Qué recorrido hace la electricidad antes de encender una lámpara?
Se me explotó la cabeza.
Nunca me había hecho esas preguntas.
Cuanto más pensaba en ellas, más me daba cuenta de algo curioso: vivimos rodeados de sistemas inmensos que funcionan tan bien que dejaron de llamar nuestra atención.
Y quizás eso sea lo más fascinante de todo.
No solemos detenernos a pensar en estos sistemas justamente porque casi nunca fallan.
La luz se enciende. El agua sale de la canilla. Internet funciona. La música empieza a sonar apenas tocamos una pantalla.
Todo ocurre con tanta naturalidad que terminamos creyendo que simplemente ocurre.
Pero no.
Detrás de cada uno de esos gestos cotidianos hay personas, recursos naturales, decisiones políticas, infraestructura, conocimiento acumulado durante décadas y millones de horas de trabajo que nunca vemos.
De alguna manera, nuestra vida moderna está sostenida por raíces invisibles.
Y creo que esa imagen me llevó inevitablemente a pensar en las plantas.
En Peppo hablamos mucho de raíces. Sabemos que la parte más importante de una planta casi nunca es la que se ve. Una hoja puede estar hermosa durante semanas mientras, debajo del sustrato, algo no está funcionando bien. También puede pasar lo contrario: desde afuera parece que no sucede nada y, sin embargo, bajo la tierra las raíces están creciendo, adaptándose y construyendo el futuro de esa planta.
Con nuestra vida cotidiana ocurre algo parecido: Vivimos mirando las hojas. Los objetos. Las pantallas. Los servicios.
Nos acostumbramos a lo visible y dejamos de preguntarnos por aquello que sostiene todo lo demás.
Y no digo esto porque crea que debamos sentir culpa por usar tecnología, mirar una serie en Netflix o preguntarle algo a una inteligencia artificial.
Todo lo contrario.
Yo también hago esas cosas todos los días. Trabajo con ChatGPT durante horas, escucho música en Spotify, uso Google para buscar información y dependo de internet para que Peppo exista.
Justamente por eso quiero entender mejor el sistema del que formo parte.
No quiero encontrar empresas buenas y empresas malas. Tampoco convencer a nadie de dejar de usar determinadas herramientas, mucho menos señalar con el dedo a quien toma decisiones distintas a las mías.
Lo que me interesa es comprender. Comprender antes de opinar.
Siento que vivimos un momento en el que opinar es muy fácil y entender se volvió cada vez más difícil. Compartimos noticias que no leímos completas, repetimos frases que escuchamos en un video de treinta segundos y muchas veces construimos opiniones sobre temas inmensos con muy poca información.
Yo también caigo en eso algunas veces.
Y quizás esta serie nazca, en parte, como una forma de frenar un poco esa inercia, de hacerme preguntas antes de sacar conclusiones, de aceptar que, muchas veces, la respuesta más honesta es decir: “todavía no lo sé”.
Por eso esta serie no va a buscar certezas absolutas.
Quiero aprender a buscar contexto mientras investigo qué hay detrás de la electricidad que usamos, de internet, de nuestros teléfonos, de las plataformas digitales, de los bancos, del transporte y de muchas otras cosas que forman parte de nuestra rutina.
No quiero desarmar el mundo en el que vivimos, quiero habitarlo con un poco más de conciencia, porque hay una idea que me acompaña desde hace tiempo y que, cuanto más la pienso, más sentido cobra: La sostenibilidad no empieza cuando instalamos paneles solares, cambiamos el auto por uno eléctrico o dejamos de comprar algo, empieza mucho antes.
Empieza cuando dejamos de dar por sentado el mundo que nos rodea y cuando entendemos que detrás de un gesto tan simple como prender una luz existe una historia enorme que merece ser conocida.
Saber todo esto probablemente no haga que nuestra vida cambie de un día para el otro, pero sí puede cambiar la forma en la que miramos y creo que mirar con atención siempre es el primer paso para cuidar mejor.
La próxima vez que suene la alarma de mi celular, probablemente haga exactamente lo mismo que hice esa mañana.
Me voy a levantar.
Voy a prender la luz.
Voy a poner agua para el mate.
Lo único que va a cambiar es mi forma de mirar, porque ahora sé que detrás de esos gestos cotidianos existe un mundo entero que, hasta hace poco, era completamente invisible para mí, y tengo la sensación de que empezar a verlo es una nueva forma de cuidar.
Ojalá me acompañes a descubrirlo.
Florencia